¿Cómo salir de la zona de confort?

¿Cómo salir de la zona de confort?

¿Cómo salir de la zona de confort?

Para salir de la zona de confort, lo más importante es quererlo.

Lamentablemente cometemos, demasiadas veces, el error de no darle importancia a ciertas ideas porque nos parecen obvias. También es curiosa, la dificultad con la que nos enfrentamos para ponerlas en práctica. ¡A pesar de ser nosotros mismos los que las catalogamos como obvias!

Así que te invito, a que reflexionemos sobre la zona de confort. Un concepto, tan de moda y a la vez tan antiguo, de una manera renovada.

¿Concepto antiguo? Pues sí, ya Platón reflexionaba sobre ello.

Te cuento su mito y a ver qué piensas después.

Mito de la Caverna

Imagina un antro subterráneo. En él, se encuentran seres humanos que han sido encadenados desde su infancia. No se pueden mover ni mirar hacia atrás, debido a las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello. Sólo pueden ver los objetos que tienen enfrente.

Detrás de ellos, a cierta distancia y altura, existe un fuego cuyo resplandor les alumbra. Y un camino escarpado entre ese fuego y los cautivos. También hay un muro a lo largo de este camino. Semejante a los tabiques que colocan ciertos artistas entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.

Ahora imagina personas que pasan a lo largo del muro. Estos llevan objetos de toda clase: figuras de hombres, de animales, de madera o piedra. Y de tal manera, que todo esto aparezca por encima el muro. Algunos de los porteadores se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.

Dice Platón, que estos prisioneros se parecen a nosotros. Y nos invita a reflexionar si creemos que, en esas circunstancias, podríamos ver otras cosas más allá de nosotros mismos, de los compañeros que tenemos a nuestro lado y de las sombras proyectadas.

Evidentemente, no. Y continúa con el mito…

– Si los prisioneros conversaran, ¿no les darían a las sombras que ven, los mismos nombres de las cosas reales?

– Sin duda.

– Y si en el fondo de su prisión, hubiera un eco que repitiese las palabras de los porteadores, ¿no se imaginarían oír hablar a las sombras mismas?

– Sí.

– Por lo tanto, esos prisioneros creerían que lo que ven sus ojos es la realidad y no se  imaginarían que pudiera existir algo más allá de las sombras.

– Claro.

– Pero si se les liberara de las cadenas, se darían cuenta de este error. Y si a una de estas personas, se la forzara para que se levantase, que mirara hacia atrás y que caminara hacia la luz, pasarían dos cosas. Primero, que el prisionero tendría que hacer un esfuerzo enorme. Ya que sus músculos estarían debilitados y sus ojos desacostumbrados a tanto resplandor. Segundo, si se le mostraran las cosas, a medida que se vayan presentando y se le preguntara qué es lo que son, ¿no se encontraría perturbado y dudaría de si lo que veía antes era más real de lo que ahora se le muestra?

– Seguramente.

– Y si se le obligase a mirar al fuego, ¿no sentiría aún más molestia en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras, en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en estas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?

– Sí.

– Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar la claridad del sol, ¡qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera! ¡Cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver esos objetos que llamamos reales?

– Al principio no podría.

– Necesitaría indudablemente algún tiempo para acostumbrarse a ello. Lo que distinguiría más fácilmente sería, primero, las sombras. Después, las imágenes de los hombres y demás objetos reflejados sobre la superficie de las aguas. Y, por último, los objetos mismos. Luego dirigiría su mirada al cielo. Al que podría mirar más fácilmente durante la noche, a la luz de la luna y de las estrellas, que en pleno día, a la luz del sol.

– Sin duda.

– Y al fin podría, no sólo ver la imagen del sol en las aguas y dondequiera que se refleje, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra.

– Sí.

– Después de esto, comenzando a razonar, llegaría a la conclusión que el sol es el que crea las estaciones y los años, el que gobierna todo en el mundo visible, y el que es, en cierta manera, la causa de todo lo que se veía en la caverna.

– Es evidente que llegaría, poco a poco, a hacer todas estas reflexiones.

– Si en aquel momento, recordara su estancia en la caverna y la idea que allí se tiene de la sabiduría, ¿no estaría contento con todo lo aprendido y se compadecería de la desgracia de sus compañeros que aún no han salido de la caverna? 

– Seguramente.

– ¿Crees que envidiaría aún los honores, las alabanzas y las recompensas que allí se daban al que más pronto observaba las sombras a su paso, al que con más seguridad recordaba el orden en que marchaban, yendo unas delante o detrás de otras o juntas? ¿O crees que tendría envidia a los que eran, en esta prisión, más poderosos y más honrados? ¿No preferiría pasar la vida al servicio de un pobre labrador y sufrirlo todo, antes que recobrar su antiguo estado y las ideas de cuando era prisionero?

– No dudo que estaría dispuesto a sufrir cualquier cosa, antes que volver a vivir como esclavo.

– Fija tu atención a lo que te voy a decir. Si este hombre volviera de nuevo a su prisión, para ocupar su antiguo puesto, en este tránsito repentino de la plena luz a la oscuridad, ¿no se encontraría como ciego?

– Sí.

– Y si cuando aún no distingue nada, y antes de que sus ojos pudieran acostumbrarse nuevamente a la oscuridad (lo que necesitaría bastante tiempo), tuviese que discutir con precisión con los otros prisioneros sobre estas sombras, ¿no daría lugar a que estos se rieran diciendo que por haber salido de la caverna había perdido la vista. Y no añadirían, además, que sería, de parte de ellos, una locura el querer abandonar el lugar en que están y que se alguno intentara sacarlos de allí y llevarlos al exterior sería preciso cogerle y matarle?

– Sin duda.

– Esta es precisamente la imagen de la condición humana. El antro subterráneo es el mundo visible. El fuego que lo ilumina es la luz del sol. Este cautivo, que sube a la región superior y que la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible. En los últimos límites del mundo inteligible, está la idea del Bien que se percibe con dificultad. Pero una vez percibida, nos damos cuenta que ella es la causa primera de todo lo que hay de bello y de bueno en el universo. Que en este mundo visible, ella (la idea del Bien) es la que produce la luz. Que el mundo invisible, es el que engendra la verdad y la inteligencia. Y en fin, que ha de tener fijos los ojos en esta idea, el que quiera conducirse sabiamente en la vida.

– Estoy de acuerdo.

– Un hombre sensato reflexionará que la vista puede turbarse de dos maneras y por dos causas opuestas. Por el tránsito de la luz a la oscuridad o por el de la oscuridad a la luz. Aplicando a los ojos del alma lo que sucede a los ojos del cuerpo.

– Lo que dices es muy razonable.

– Si todo esto es cierto, debemos concluir que la sabiduría no se aprende de la manera que ciertas personas aseguran. Estos individuos se jactan de poderla hacer entrar en un alma donde no existe, poco más o menos, del mismo modo que se devolvería la vista a un ciego.

– Exactamente.

– Pero lo que estamos diciendo, nos hace ver que cada cual tiene en su alma la facultad de aprender. Y aprender mediante un “órgano” destinado a este fin. Que todo el secreto consiste en llevar este órgano, y con él, el alma toda, a distinguir aquellas cosas ilusorias de las que verdaderamente son. Y así poder fijar la vista en lo más luminoso, que según nuestra doctrina es el Bien.

– Sí.

– En esta evolución, que se hace experimentar al alma, el arte consiste en hacerla girar de la manera más fácil y útil. No se trata de darle la facultad de ver, porque ya la tiene. Sino que lo que sucede, es que su órgano está mal dirigido y no mira a donde debería mirar, y esto es lo que precisamente debería corregirse…

Así explicaba Platón la zona de confort y cómo salir de ella.

Así es como lo explicamos la zona de confort ahora. ¡Mira este vídeo!